viernes, 27 de diciembre de 2013
Hay algunas ideas que a veces me asaltan y me gustan:
Imagino el tiempo como una llanta de bicicleta con un solo rayo. La eternidad, o sea, la ausencia del tiempo, es la permanencia del rayo en el mismo sitio, pero esta permanencia no es por falta de movimiento, sino por una aceleración infinita en las vueltas de la llanta que hacen que el rayo no cambie de lugar sino que siempre esta en el mismo sitio. El espacio y el tiempo cobran existencia cuando la velocidad con que gira esa vuelta dismininuye a tal grado, que el rayo ya no esta en el mismo lugar, sino que se detecta su movimiento y su posicion va teniendo diferentes lugares dentro de una vuelta.
El tiempo, por lo tanto, es la desaceleración de la eternidad...
He pensado en escribir un cuento en el que hay una especie de acuerdo secreto, en el que todo el mundo sabe que todo es inútil, pero tratan de ocultarlo; y tal ve algún personaje joven, un muchacho trata de hacerle ver a todo el mundo de esto y todos lo ignoran; al final él se da por vencido y entra en la corriente dentro de todo y se olvida de sí mismo como los demás.
Esta idea, con motivo de éstas fechas. Navidad, año nuevo, etc.
domingo, 8 de diciembre de 2013
?
Algunas preguntas me han surgido últimamente: ¿Es válido luchar por un mundo mejor, si es probable que ya todo este predestinado? ¿Es posible un mundo mejor, donde no haya en absoluto una desigualdad económica y social; donde no exista una diferencia inmensa como la de un hombre que posee miles de millones de dólares y un niño no tiene la posibilidad de acceder siquiera a un pedazo de pan? ¿Es la naturaleza tan elitista como para crear seres vivos cuya existencia tenga como finalidad únicamente ser devorados por animales más grandes o superiores? ¿Es esta la condición del ser humano con su misma especie? ¿En caso de que esto último fuera verdad, que actitud debe tomar el hombre ante la existencia? ¿Qué actitud debe tomar el hombre-presa y el hombre-depredador ante esta situación?
viernes, 22 de noviembre de 2013
Shit
Las acciones y las cosas verdaderas vienen del corazón, son movidas por el sufrimiento o por una autentica alegría; las obras producto de ellas, hacen sentir su solidez sin tener que recurrir a la artificial de adornos o anuncios que pretendan legitimarlas. Los hombres son como las campanas, dice mas o menos una frase que leí por ahí: entre mas huecos mas ruido hacen.
Facebook es una muestra monumental de la estupidez generalizada del ser humano, nada nuevo ésta ultima, pero lo que hace facebook es reforzarla, es la sobreestupidez. La inteligencia al servicio de la estupidez.
lunes, 28 de octubre de 2013
El ladrón de tiempo.
Pídeme de mí mismo el tiempo cuenta;
si a darla voy, la cuenta pide tiempo:
que quien gastó sin cuenta tanto tiempo,
¿cómo dará, sin tiempo, tanta cuenta?
Fray Miguel de Guevara
Caminaba por un parque extraño al atardecer, tenía la sensación de ir al trabajo y debía apurarme para no llegar tarde; miré mi reloj y vi que las manecillas avanzaban en sentido inverso. Pensé que se había descompuesto y sin saber por qué, busqué un reloj alrededor; a poca distancia encontré en un pilar uno muy grande que en la parte de abajo tenía escrito una palabra borrosa que apenas pude leer: “Cronos”. La manecilla que marcaba los minutos, avanzaba con la velocidad de un segundero. Conforme me acercaba a él, noté que hacía un sonido metálico que se iba haciendo más fuerte. Luego se oscureció totalmente y lo único visible fue el reloj y la palabra, la manecilla aumentó su velocidad al igual que el volumen del golpeteo hasta asemejar martillazos en un metal; el ruido se hizo insoportable y me alejé corriendo como pude, a pesar de eso y de que me cubría los oídos, seguía escuchando el lacerante sonido. En cierto momento el ruido en medio de la oscuridad era lo único que ocupaba mis sentidos. De un momento a otro todo quedo en silencio.
Al despertar, lo primero que escuche fue el segundero de mi despertador junto a mi cama. Aún tenía la última imagen del sueño, pero mi evocación se interrumpió al notar que las manecillas del reloj se detuvieron. Recordé que ese día era mi cumpleaños número cuarenta, me levante de inmediato y olvidé el sueño mientras me apresuraba para no llegar tarde a la oficina.
Tenía muchos años trabajando como contador en la empresa y la rutina se había convertido en una especie de jaula que me tenía atrapado, cada día no hacía otra cosa que ir a trabajar, regresar a casa, mirar televisión y dormir. Me levantaba al día siguiente para repetir el mismo ciclo. En medio de esto, tenía la sensación de que el tiempo transcurría demasiado rápido, apenas empezaba un mes, pasaban unos días y ya se terminaba; iniciaba el siguiente y de igual manera. Con los años pasaba lo mismo: llegaba a la mitad de uno, lo que yo sentía como unas semanas, habían sido meses y pronto terminaba. Todo hubiera seguido tal vez igual, habría llegado a ser viejo y luego muerto sin entender nada del tiempo, si no hubiera descubierto lo que me estaba ocurriendo.
Aquel día del sueño llegué al trabajo e inicié mis actividades de siempre, pasaron algunas horas y en algún momento, dirigí mi vista hacia el reloj de la computadora: eran las doce; luego, lo único que hice fue apartar mis ojos para mover un papel del escritorio, volví mirar el monitor y daban las doce seis. La siguiente acción me tomó unos segundos y al ver la pantalla ya eran las doce diez. Dentro de la especie de sopor con que pasaba los días, apenas si le di importancia. Me levanté de mi silla para tomar unos documentos de un escritorio contiguo y al regresar, ahora sorprendido, ya eran las doce quince. Pensé que probablemente había una falla en el reloj de la máquina y lo estuve observando, pero no tenía nada, los minutos no se saltaban ni nada parecido. Unas horas después, miré el reloj nuevamente y vi que ocurría lo mismo. Los minutos pasaban vertiginosamente como si desaparecieran. Desconcertado, consulté otros relojes de la oficina y era igual. No comenté a nadie lo que me ocurría a riesgo de que empezaran a hablar sobre mí.
En los días siguientes, estuve atento en todo lugar que me encontraba y con cualquier reloj a mi alcance: seguía pasando. Fue entonces que todo me resulto absurdo. Era cierto que tenía la sensación de la prisa del tiempo; pero ahora, de alguna forma, era testigo de su fuga. Al principio estuve confundido, luego sentí desesperación y una especie de enojo, un deseo de protestar por ello; pero pensaba en lo absurdo de la idea, ¿a quién podía a reclamarle por el acelerado paso y escape del tiempo?
Al reflexionarlo, creí que tal vez mi problema era una pérdida de memoria inmediata, las cosas sucedían como cuando se maneja por una carretera que recorre diariamente y con la que está tan familiarizado, que se pierde en sus pensamientos sin ponerle atención; pasan así unos minutos, luego parpadea, toma consciencia del camino y ve que ya ha recorrido algunos kilómetros sin darse cuenta. En esa situación, uno siente que estuvo ausente durante ese trayecto, pero el avance del camino, los cambios, dan cuenta del tiempo transcurrido. En mi caso era diferente; los minutos se fugaban, perdiendo de esa manera las posibles acciones dentro de él.
Tuve problemas en la oficina por los retrasos con las actividades asignadas. Mi jefe, al principio me reprendía y sancionaba constantemente, cuando me preguntaba sobre la razón de mi deficiente labor, yo le decía que era por problemas personales; fue considerado conmigo y me dio permiso para ausentarme por unos días, pero las cosas no mejoraron, continué con mi mal desempeño y finalmente me despidieron.
Me recluí en casa, entrando en una leve depresión, no haciendo otra cosa que dormir o pasar horas enteras sin apartar la vista del reloj. Estaba intrigado. Pasaron los días y me cansé de esa especie de enfermedad de estar atento del tiempo; traté de distraerme y olvidarlo, empecé a mirar la televisión por horas y horas. De esa forma descubrí la cosa más importante que me iba a dar una pista sobre mi problema: me di cuenta que cuando miraba el aparato, el tiempo se aceleraba aún más.
Repetí por varios días el experimento y siempre daba el mismo resultado. Reflexioné sobre el significado de eso y me pregunté si podía haber algunas otras cosas que tuvieran el mismo efecto. Me mantuve atento varias semanas en cada cosa que hacía y descubrí otras causas de su aceleración: eran las cosas vanas que no tenían utilidad o sentido alguno, momentos en los que malgastaba el tiempo.
A través de los días pensé sobre lo que ocurría, recordé el sueño del parque y el nombre de Cronos. Investigué acerca de él y al principio solo encontré lo que ya conocía: era el dios del tiempo humano. Más tarde, encontré un libro antiguo que hablaba sobre una especie de ajuste de Cronos con los hombres, en los que habían múltiples consecuencias por malgastar su tiempo, entre ellas estaba la anulación total del tiempo o la muerte, la prolongación de un sufrimiento para acortar el tiempo vida favorable, la invariabilidad de los cambios a través una vida monótona, la aceleración del tiempo por medio de una súbita desaparición de años, días o minutos; y otras de diferentes efectos.
Recordé lo que había hecho en mis años pasados, el trabajo, las cosas que había hecho y dejado de hacer; trate de evaluar el tiempo en cada una de ellas y encontré que había perdido mucho tiempo. Pensé en lo que decía el libro y en el posible cobro del tiempo dilapidado. Lo asumí como la causa de lo que me pasaba.
Sabía que estaba condenado a que el tiempo se fuera de mí y no podía resignarme, fue entonces que tuve una revelación. Yo no había perdido mi tiempo, yo no era el culpable, habían sido los demás los que me lo habían quitado. Parecía que planearon desde siempre y ahora yo sufría las consecuencias. Por primera vez sentí a los demás como mis peores enemigos. Yo tenía que recuperarlo.
Me encerré nuevamente en casa con la idea de encontrar una forma de hacerlo, llevé a cabo un gran esfuerzo para ello y finalmente encontré una forma. Los esfuerzos ocuparon toda mi mente y me olvide de lo demás. Cuando por fin terminé mi proyecto, decidí salir.
Ya afuera me encontré con una sorpresa: alguien había los había puesto de sobre aviso; todos en la calle conocían mis planes. Los primeros días intenté entablar una plática con ellos, que era el primer paso de mi plan, pero simulaban asustarse con mi apariencia o mi olor. Algunas veces intentaron aprehenderme porque sabían que estaba decidido a recuperar mi tiempo. Los días continuaban acelerándose y causaban deterioros en mi memoria. Por días no pude encontrar mi casa, pero cuando finalmente lo hice, mis enemigos me esperaban afuera: desistí en entrar.
Han pasado varios meses desde el primer día de la búsqueda del tiempo, ha sido difícil esconderme en todo momento porque siempre me ponen nuevas trampas. Ellos no saben que al final a todos les pasara lo mismo que a mí, su tiempo ya ha empezado a acelerarse y tal vez nunca se den cuenta; pero yo lo recuperare, estoy seguro; lo tendré nuevamente. Tal vez pasen muchos años, pero al final lo lograre.
Pídeme de mí mismo el tiempo cuenta;
si a darla voy, la cuenta pide tiempo:
que quien gastó sin cuenta tanto tiempo,
¿cómo dará, sin tiempo, tanta cuenta?
Fray Miguel de Guevara
Caminaba por un parque extraño al atardecer, tenía la sensación de ir al trabajo y debía apurarme para no llegar tarde; miré mi reloj y vi que las manecillas avanzaban en sentido inverso. Pensé que se había descompuesto y sin saber por qué, busqué un reloj alrededor; a poca distancia encontré en un pilar uno muy grande que en la parte de abajo tenía escrito una palabra borrosa que apenas pude leer: “Cronos”. La manecilla que marcaba los minutos, avanzaba con la velocidad de un segundero. Conforme me acercaba a él, noté que hacía un sonido metálico que se iba haciendo más fuerte. Luego se oscureció totalmente y lo único visible fue el reloj y la palabra, la manecilla aumentó su velocidad al igual que el volumen del golpeteo hasta asemejar martillazos en un metal; el ruido se hizo insoportable y me alejé corriendo como pude, a pesar de eso y de que me cubría los oídos, seguía escuchando el lacerante sonido. En cierto momento el ruido en medio de la oscuridad era lo único que ocupaba mis sentidos. De un momento a otro todo quedo en silencio.
Al despertar, lo primero que escuche fue el segundero de mi despertador junto a mi cama. Aún tenía la última imagen del sueño, pero mi evocación se interrumpió al notar que las manecillas del reloj se detuvieron. Recordé que ese día era mi cumpleaños número cuarenta, me levante de inmediato y olvidé el sueño mientras me apresuraba para no llegar tarde a la oficina.
Tenía muchos años trabajando como contador en la empresa y la rutina se había convertido en una especie de jaula que me tenía atrapado, cada día no hacía otra cosa que ir a trabajar, regresar a casa, mirar televisión y dormir. Me levantaba al día siguiente para repetir el mismo ciclo. En medio de esto, tenía la sensación de que el tiempo transcurría demasiado rápido, apenas empezaba un mes, pasaban unos días y ya se terminaba; iniciaba el siguiente y de igual manera. Con los años pasaba lo mismo: llegaba a la mitad de uno, lo que yo sentía como unas semanas, habían sido meses y pronto terminaba. Todo hubiera seguido tal vez igual, habría llegado a ser viejo y luego muerto sin entender nada del tiempo, si no hubiera descubierto lo que me estaba ocurriendo.
Aquel día del sueño llegué al trabajo e inicié mis actividades de siempre, pasaron algunas horas y en algún momento, dirigí mi vista hacia el reloj de la computadora: eran las doce; luego, lo único que hice fue apartar mis ojos para mover un papel del escritorio, volví mirar el monitor y daban las doce seis. La siguiente acción me tomó unos segundos y al ver la pantalla ya eran las doce diez. Dentro de la especie de sopor con que pasaba los días, apenas si le di importancia. Me levanté de mi silla para tomar unos documentos de un escritorio contiguo y al regresar, ahora sorprendido, ya eran las doce quince. Pensé que probablemente había una falla en el reloj de la máquina y lo estuve observando, pero no tenía nada, los minutos no se saltaban ni nada parecido. Unas horas después, miré el reloj nuevamente y vi que ocurría lo mismo. Los minutos pasaban vertiginosamente como si desaparecieran. Desconcertado, consulté otros relojes de la oficina y era igual. No comenté a nadie lo que me ocurría a riesgo de que empezaran a hablar sobre mí.
En los días siguientes, estuve atento en todo lugar que me encontraba y con cualquier reloj a mi alcance: seguía pasando. Fue entonces que todo me resulto absurdo. Era cierto que tenía la sensación de la prisa del tiempo; pero ahora, de alguna forma, era testigo de su fuga. Al principio estuve confundido, luego sentí desesperación y una especie de enojo, un deseo de protestar por ello; pero pensaba en lo absurdo de la idea, ¿a quién podía a reclamarle por el acelerado paso y escape del tiempo?
Al reflexionarlo, creí que tal vez mi problema era una pérdida de memoria inmediata, las cosas sucedían como cuando se maneja por una carretera que recorre diariamente y con la que está tan familiarizado, que se pierde en sus pensamientos sin ponerle atención; pasan así unos minutos, luego parpadea, toma consciencia del camino y ve que ya ha recorrido algunos kilómetros sin darse cuenta. En esa situación, uno siente que estuvo ausente durante ese trayecto, pero el avance del camino, los cambios, dan cuenta del tiempo transcurrido. En mi caso era diferente; los minutos se fugaban, perdiendo de esa manera las posibles acciones dentro de él.
Tuve problemas en la oficina por los retrasos con las actividades asignadas. Mi jefe, al principio me reprendía y sancionaba constantemente, cuando me preguntaba sobre la razón de mi deficiente labor, yo le decía que era por problemas personales; fue considerado conmigo y me dio permiso para ausentarme por unos días, pero las cosas no mejoraron, continué con mi mal desempeño y finalmente me despidieron.
Me recluí en casa, entrando en una leve depresión, no haciendo otra cosa que dormir o pasar horas enteras sin apartar la vista del reloj. Estaba intrigado. Pasaron los días y me cansé de esa especie de enfermedad de estar atento del tiempo; traté de distraerme y olvidarlo, empecé a mirar la televisión por horas y horas. De esa forma descubrí la cosa más importante que me iba a dar una pista sobre mi problema: me di cuenta que cuando miraba el aparato, el tiempo se aceleraba aún más.
Repetí por varios días el experimento y siempre daba el mismo resultado. Reflexioné sobre el significado de eso y me pregunté si podía haber algunas otras cosas que tuvieran el mismo efecto. Me mantuve atento varias semanas en cada cosa que hacía y descubrí otras causas de su aceleración: eran las cosas vanas que no tenían utilidad o sentido alguno, momentos en los que malgastaba el tiempo.
A través de los días pensé sobre lo que ocurría, recordé el sueño del parque y el nombre de Cronos. Investigué acerca de él y al principio solo encontré lo que ya conocía: era el dios del tiempo humano. Más tarde, encontré un libro antiguo que hablaba sobre una especie de ajuste de Cronos con los hombres, en los que habían múltiples consecuencias por malgastar su tiempo, entre ellas estaba la anulación total del tiempo o la muerte, la prolongación de un sufrimiento para acortar el tiempo vida favorable, la invariabilidad de los cambios a través una vida monótona, la aceleración del tiempo por medio de una súbita desaparición de años, días o minutos; y otras de diferentes efectos.
Recordé lo que había hecho en mis años pasados, el trabajo, las cosas que había hecho y dejado de hacer; trate de evaluar el tiempo en cada una de ellas y encontré que había perdido mucho tiempo. Pensé en lo que decía el libro y en el posible cobro del tiempo dilapidado. Lo asumí como la causa de lo que me pasaba.
Sabía que estaba condenado a que el tiempo se fuera de mí y no podía resignarme, fue entonces que tuve una revelación. Yo no había perdido mi tiempo, yo no era el culpable, habían sido los demás los que me lo habían quitado. Parecía que planearon desde siempre y ahora yo sufría las consecuencias. Por primera vez sentí a los demás como mis peores enemigos. Yo tenía que recuperarlo.
Me encerré nuevamente en casa con la idea de encontrar una forma de hacerlo, llevé a cabo un gran esfuerzo para ello y finalmente encontré una forma. Los esfuerzos ocuparon toda mi mente y me olvide de lo demás. Cuando por fin terminé mi proyecto, decidí salir.
Ya afuera me encontré con una sorpresa: alguien había los había puesto de sobre aviso; todos en la calle conocían mis planes. Los primeros días intenté entablar una plática con ellos, que era el primer paso de mi plan, pero simulaban asustarse con mi apariencia o mi olor. Algunas veces intentaron aprehenderme porque sabían que estaba decidido a recuperar mi tiempo. Los días continuaban acelerándose y causaban deterioros en mi memoria. Por días no pude encontrar mi casa, pero cuando finalmente lo hice, mis enemigos me esperaban afuera: desistí en entrar.
Han pasado varios meses desde el primer día de la búsqueda del tiempo, ha sido difícil esconderme en todo momento porque siempre me ponen nuevas trampas. Ellos no saben que al final a todos les pasara lo mismo que a mí, su tiempo ya ha empezado a acelerarse y tal vez nunca se den cuenta; pero yo lo recuperare, estoy seguro; lo tendré nuevamente. Tal vez pasen muchos años, pero al final lo lograre.
viernes, 18 de octubre de 2013
Exit
El ser humano tiene un pedo existencial, eso que indudable; quien no lo viva, sepa o entienda, esta mas cerca de mugir que de pensar. El problema es que para los habitantes de un país tercermundista como Mex., se le añade tener un gobierno tan nocivo que dificulta y hace aún más pesado lo primero. Está cabrón cuando uno se pone a pensar que durante toda la vida tendrá que ser testigo del robo y abuso por parte de los que gobiernan. Que las cosas, siendo realistas, no cambiarán. La historia de siempre. La historia de la humanidad. Es acaso la naturaleza, la misma condición humana. Parte de la existencia. Existencialismo.
domingo, 13 de octubre de 2013
Levedades
Entre otras cosas, hace rato que andaba por la calle, escuché un anuncio en el que ofrecían "cuatro tacos de carnitas por treinta y cinco, y la soda gratis". Pensé en lo incierto de la promoción, en que una mente inocente pensaría que es una buena oferta: la soda gratis, que buena onda! Pero yendonos a la realidad de las cosas, te estan cobrando la soda, simplemente porque el vendedor, seguira teniendo ganancia.
Pienso que el capitalismo, su dinamica y todas sus implicaciones, ha tenido un efecto en la forma interpersonal de relacionarse. Hemos aprendido las mentiras del mercado. Parece que no nos importa saber que la "oferta", la "promoción", no son mas que una mentira. Sentimos la emoción de que algo se nos esta regalando y con ese impulso vamos a comprarlo. Nos creamos una fantasía a través de las palabras y esa dinamica la extendemos a relacionarnos con los demás. Nunca ha importado tanto como ahora que el otro mienta, que prometa algo que sabemos, consciente o inconscientemente, que no va a cumplir; tomamos la misma actitud que con las promociones y nos dejamos llevar por la ilusión.
Las palabras mas que nunca, tienen la dinamica del anuncio publicitario. Llamamos "amigo" a alguien que apenas conocemos; le decimos "amor" a una emoción del momento; le ponemos "proyecto" a un pequeño plan que ni siquiera estamos convencidos de realizar. Compramos mentiras. De igual forma los insultos se toman a la ligera, nadie se quiere tomar en serio lo que el otro dice. Hay que ser light.
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